Azúcares buenos y azúcares malos: Aprende a diferenciarlos

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Azúcares buenos y azúcares malos: Aprende a diferenciarlos
Azúcares buenos y azúcares malos: Aprende a diferenciarlos

En la actualidad, uno de los alimentos más denostados en el mundo de la nutrición, sobre todo desde ese vasto universo que es el de las dietas para bajar de peso, es el azúcar. Tiende a decirse que el azúcar es el mal de todos los males, que es necesario comer sin azúcar (o disminuirlo lo máximo posible) si deseamos perder peso y mejorar nuestra salud. Pero esta afirmación, aunque contiene algo de verdad, es peligrosa: los carbohidratos, un grupo de componentes esencial para la salud humana, no son sino azúcares, por lo que eliminarlos de la dieta por completo supondría un suicidio metabólico. El quid de la cuestión es que los carbohidratos pueden dividirse, grosso modo, en azúcares simples y en azúcares complejos.

Los primeros, los simples, son los que deberían reducirse todo lo posible, ya que su aportación de nutrientes es mínima y la absorción que nuestro organismo hace de ellos no es la adecuada. Por el contrario, los azúcares complejos son los responsables de, entre otras muchas funciones, mantener nuestro cerebro funcionando de manera correcta, así como de proporcionar, mediante su lenta descomposición, la materia necesaria para que los músculos humanos se desarrollen como es debido. Como puede suponerse, eliminar estos últimos, tal y como apuntábamos arriba, es un atentado contra nuestra salud.

Cómo asimila nuestro cuerpo los distintos tipos de azúcares

Cuando nos referimos a azúcares ‘malos’ estamos hablando, además del azúcar blanco refinado, de aquellos que han sido añadidos a alimentos de manera artificial (también son llamados azúcares libres o  industriales). Este tipo de compuesto químico, dado el característico y agradable sabor dulce que tan sabrosos hace a los alimentos a los que es añadido, no es metabolizado por nuestro organismo de manera correcta. Es decir, que va directo a nuestra sangre sin aportar ningún tipo de nutriente valioso para nuestros órganos.

De este modo, cuando consumimos bollería, pizza o refrescos (por citar solo algunos de los máximos exponentes de esta epidemia azucarada) estamos añadiendo ‘calorías vacías’ a nuestro cuerpo, y lo peor es que lo hacemos sin ser conscientes de ello, por lo que pasarse de la ralla con este tipo de compuesto es preocupantemente fácil. ¿Por qué lo hacemos entonces? ¿Por qué consumimos tanta cantidad de azúcares simples? En primer lugar, porque no somos conscientes de que estamos ingiriéndolos (están ocultos en los mil y un componentes añadidos a la comida procesada), y, en segundo, porque la reacción de nuestro cuerpo ante tal estímulo es instantánea y placentera: experimentamos un ‘chute’ de energía al momento, y nuestras células, acostumbradas a esta agradable descarga y habiendo desarrollado la perniciosa asociación, querrán repetir la experiencia de nuevo y cuanto antes. En efecto, como sucede con las llamadas ‘drogas químicas’.

Poniéndonos un poco científicos: el azúcar (o sacarosa) está compuesto por dos moléculas, una de glucosa y otra de fructosa. Cuando consumimos azúcares industriales o libres, esa glucosa va directamente a parar a la sangre sin que haya otros intermediarios que faciliten la absorción. Es entonces cuando entra en juego la insulina, esa hormona segregada por el páncreas cuyo principal cometido es eliminar el exceso de glucosa en sangre. Cuando ingerimos azúcares malos, estamos obligando al páncreas a segregar una cantidad de insulina enorme, sobreexplotándolo, lo que a largo plazo supone un riesgo para la salud.

En el otro extremo encontramos los azúcares compuestos o complejos. Estos sufren un proceso de asimilación mucho más lento en nuestro organismo: la glucosa de estos azúcares va descomponiéndose y pasando a formar parte de la sangre de una manera más paulatina, sin necesidad de que el páncreas haya de intervenir de una manera tan atropellada. De este modo, la glucosa retirada lentamente podrá transformarse en glucógeno, el imprescindible compuesto que regenera las células musculares y nutre a nuestro cerebro de la energía necesaria para que pueda operar de manera correcta.

El proceso descrito en el párrafo anterior también se produce cuando ingerimos azúcares simples (o industriales o libres), pero con la salvedad de que, al no poder nuestro páncreas generar tanta insulina como la necesaria para ‘gestionar’ tal cantidad de glucosa, el glucógeno excesivo no será asimilado y pasará a convertirse en grasa. 

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